Carta de amor al Race Pro

La esencia.

Mi ex cuñada le dijo a los críos que se podían llevar la Xbox 360. La consola se había quedado en su casa cuando nos mudamos de Cangas del Narcea a Torrelodones. Con las sucesivas mudanzas, de todo tipo, en mi vida he ido desarrollando un profundo desapego a los objetos y si ya no me sirven se van quedando por el camino. Ahora, muchos años después de entonces, la 360 volvió a mi casa.

Me la encontré en el salón, tirada en el suelo, rodeada de un montón de cables que para mis hijos no tenían ningún sentido, como no tenía sentido que no pudiesen conectarla a la red de forma inalámbrica. La gracia que les hacía todo lo de la maquinita era similar, supongo, a cuando yo encontraba vinilos viejos de mis padres y trataba de usar un antiguo tocadiscos. Tras echarles una mano a conectarlo todo, encontré el motivo por el que estaban tan emocionados: el PES 6. Ese juego se ha ido convirtiendo en una leyenda urbana ante mis ojos sin yo entender muy bien el porqué, pero así son las cosas. Algún día igual vuelvo sobre este asunto que me perturba, pero no hoy.

El caso es que el resto de juegos que quedaban en pie no valían gran cosa. Los GTAs, Bioshock, Skyrim, Oblivion, Red Dead, Forzas, Dark Souls, Braid, Limbo… habían sido vendidos tiempo atrás, porque ya entonces andaba en desarraigo con la acumulación y el coleccionismo, y lo único que restaban eran productos invendibles como sucesivos PES, 2Ks y morralla similar que caduca al año de ser lanzada al mercado. Con una excepción: el Race Pro.

¿Por qué me quedé con él y se lo regalé a mis cuñados con el lote? Porque me marcó, porque, como os conté aquí, es parte esencial de mi viaje hacia el mundo de la simulación de cochecicos, y porque hay algo que me une de manera especial a la historia de este juego.

El Race Pro fue un producto de bajo nivel de presupuesto y ambición en lo comercial. SimBin, sus creadores, se habían hecho un nombre con GTR, saga de PC que tuvo un montón de capítulos y ramificaciones, algunas con licencias oficiales, otras con variaciones de circuitos y coches. Dentro de lo que era el incipiente mundo de la simulación de carreras en ordenador, ellos eran una referencia. 

El salto natural a consola nunca es tal en este género, pues el hardware juega un papel fundamental y la inversión en volantes y pedales no es fácil replicarla en dos cacharros diferentes. Si a eso le unimos la constante necesidad de mejora que estos juegos necesitan y la aparición, ascensión y triunfo de la comunidad mod, la comunidad abierta tanto para el desarrollo del producto como del ambiente competitivo, las consolas se tienen que quedar, por fuerza, como el hermano tonto de la simulación. Y toda compañía que pretenda sacar un juego para ellas, mucho más en 2009, lo hará casi como un experimento.

Es por eso que —más allá de algún extraño caso de jugador intrigado por el concepto de simulación que sólo tiene consolas y no PC, esto es, un ser muy poco inteligente, como yo— cuando SimBin lanza Race Pro, la versión para la 360 del GTR, sabe que la posibilidad de pegar un pelotazo es francamente pequeña.

Lo que yo les agradezco que lo hiciesen de todas formas.

Porque el juego era (ojo al tiempo verbal) una delicia. Muy, muy parco, se centraba en ofrecer una experiencia pura y sin aditivos. No miraba a la cara, ni siquiera a los tobillos, a Forza o Need for Speed o Dirt o GRID en su época, en lo que a aspecto se refiere. No tenía ni un modo carrera profundo o trabajado. No te podía abrumar con el número de circuitos o coches. Era un armazón desnudo que ofrecía algo que yo no había percibido jamás hasta entonces: el sonido más perfecto creado un juego de coches y una suspensión física, puramente carnal, que notabas casi que en cada una de las cuatro ruedas.

La sensación de conducir aquello era inenarrable para mí. Con el Seat ibiza por Macao, con el Fórmula BMW por Cheste, cada uno de los rincones del juego tenían personalidad propia y un ruido convertido en sinfonía de bujías, pistones y gasolina. Es que yo creo que hasta olía, el hijo de puta.

Fue entonces donde se jodió el Perú. Ian Bell, uno de los co-fundadores de SimBin y parte más bocazas del proyecto, provocó una ruptura del equipo de trabajo que les dividió en dos. Aquello fue el fin de los GTR y, por supuesto, supuso el abandono de Race Pro como anécdota minúscula dentro del catálogo de esa Xbox. Ni dentro de la propia SimBin, ni en el mundillo PC de la simulación, ni mucho menos en el genérico de los jugadores de consola, Race Pro encontró quién le defendiese o apenas se acordase de él. Todas las anteriores eran guerras mucho mayores que él.

Ian Bell, con su ganada fama, sí que decidió que era el momento de ser ambicioso y fundó Slightly Mad Studios con la idea de crear un simulador global, para PC y consolas, que escuchase a todos en el mundillo de la simulación, una especie de teoría unificada de los juegos de coches (y de carreras) que le elevase a la cima, que compitiese lo mismo con los iRacing y Richard Burns Rally que con los Gran Turismo y Forza Motorsport. Je.

Je.

Lo que surgió fue Project C.A.R.S., que fracasó en sus objetivos vitales como sólo lo pueden hacer los Ícaros que quieren volar hasta el sol, pero que tuvo su recorrido, su seguimiento, su fanaticada y, sin vergüenza alguna lo digo, a mí entre sus defensores. Porque me lo pasé de puta madre con él. Y con el 2, también. Económicamente y desde el punto de vista de la exposición, tanto buena como mala, no pasaron desapercibidos y eso les llevó a ser comprados por Codemasters y, por consiguiente, a desaparecer en la bruma de los creadores de los diferentes juegos de coches de la empresa tras un Project C.A.R.S. 3 catastrófico.

Ian Bell saltó antes de ese barco y fundó Reiza para realizar Automobilista, sobre todo el 2, que adolece de los mismos defectos y virtudes que todo lo que ha tocado en su carrera, cosa lógica porque no puede dejar de ser él mismo. También abandonó ese frente, y ahora anda en Twitter diciéndonos que está feliz haciendo un GTR-evival… me permito aventurar que no alcanzará la meta que se propone y que, sin embargo, merecerá la pena echar un ojo, si es que lo termina, a un proyecto que será agridulce, incompleto, insatisfactorio, pero personal y con gusto.

El resto de SimBin se dedicó a montar Raceroom, un simulador de PC free-to-play-pay-to-play-the-meollo, que malvive entre los monstruos del segmento sin haber encontrado su lugar y mucho me temo que ya no lo encontrará.

Pues después de todo ese viaje, esta mañana me he puesto con el Race Pro, mira tú. Y lo he jugado con mi hijo pequeño. Y he de deciros que me he quedado anonadado. Los videojuegos, por definición, se quedan obsoletos tecnológicamente enseguida. Hay géneros, los basados en mecánicas muy concretas o los narrativos, que pueden aguantar el paso del tiempo perfectamente en base a que lo que ofrecen es atemporal. Eso no lo tienen los de conducción, no, pues cada avance técnico hace mejor lo que propone el género y deja sin nada a lo que agarrarse para meterse en un producto de hace quince años.

Porque el Race Pro es (ojo al tiempo verbal) una delicia. Sigue sonando y moviéndose como el monstruo esencial que fue, sigue reivindicando la pureza existencial de su propuesta y sigue orgulloso de cómo la plasma. No hay nada aquí de lo que no sentirse orgulloso por lo que Ian Bell y Simbin consiguieron con un jueguito menor para un mercado que no les quería, necesitaba ni pedía. Salvo yo y algún otro tonto como yo.

Viajes de ida y vuelta, boomerangs emocionales. Dar pasos adelante en la vida para reencontrarte con la raíz que explica donde estás ahora, aunque parezca que tantas cosas han cambiado. La esencia siempre es la misma. Race Pro es la esencia de la simulación que ahora tanto placer me da y tanto tiempo me quita.

2 comentarios

  1. La nostalgia a veces nos juega malas pasadas cuando revisitamos algún videojuego del pasado, pero hay casos como el de este artículo, en los cuales tienen que pasar unos años para confirmar que algunos de ellos no solo se reafirman si no que además nos recuerdan por qué nos gusta jugar a videojuegos.
    Pelos de punta con el artículo y eso que estoy medio calvo.

  2. Joer se siente la pasión en este escrito. Magníficas sensaciones añejas dignas de la mejor gamerah en mucho tiempo

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