willy wonka

¿Recuerdan los viejos tiempos, aquellos en los que el mundo se dividía entre nintenderos y segueros? Y luego entre sonyers, nintenderos y segueros. Bien por ustedes, deben de guardar bonitos o vergonzosos recuerdos.

Yo no los recuerdo. Entonces, tampoco ahora, no me interesaban demasiado los videojuegos. Aún menos las riñas entre jugadores. Dirán, ¿qué haces aquí? (¿Aparte de escribir textos horribles: pruebas aquí, aquí y aquí?) No lo sé, pregunten a la dirección. Vine por las risas y ahora Cubitorah me obliga a cumplir una cuota de palabras al año, a menos que quiera sentir mi cuerpo sodomizado. El único que se libra es el CEO. Maldito el día que lo nombramos.

Hace unos años descubrí que mi pareja es SEGUERA. En mayúsculas. A ella tampoco le interesan demasiado los videojuegos, le parecen como mucho una distracción banal, algo con lo que pasar el tiempo mientras no estamos follando.

La cuestión es que, poco a poco, pasó de sentir un profundo desprecio por esos cacharros para niños a cierto interés, sin duda derivado del hecho de poder compartir un rato más en pareja. Así llegamos al punto que, a día de hoy, el 80% de los juegos que figuran en nuestra biblioteca son multijugador y/o cooperativos. Pero no es ese el punto en el que quería hacer hincapié.

Sin duda, gracias al relativo interés que ha desarrollado, he podido identificar, método de observación directa mediante, que si volviéramos a tiempos pretéritos ella sería, sin duda alguna, calificada como seguera.

¿Existen los segueros? No, no existen como tal. El Guantelete del Infinito tampoco. Son cualidades que las marcas encarnan durante un tiempo y que, como espectadores, otorgamos o vemos presentes en ciertos jugadores.

¿Qué distingue un seguero respecto al resto de los jugadores? ¿La capacidad de negar la realidad? ¿Tener las manos enanas y una vista de halcón? No puedo afirmar la totalidad porque no los conozco a todos. Si mi observación no falla, reside en ellos un cierto principio de competitividad y/o perseverancia en la consecución de un objetivo. En castellano tenemos un bonita palabra para ello: testarudez.

Y es que la mitad, o más, de los logros conseguidos en la 360 o en Switch son gracias a ella. A mí me dan pereza. A ella ni siquiera le importan. Ni conoce ni le importan los sistemas de gamificación presentes en ciertos sistemas y/o juegos. Juega con la inocencia de quien lo hace por primera vez y obvia si puede o no guardar, se apresura por llegar lo más lejos posible para conseguir "la contraseña de guardado", pasarse la fase a la primera o conseguir el High Score más alto. Detect, block, strike.

Ese es el pecado original que distingue a un seguero: la perseverancia.

La competitividad, si quieren llamarlo de otra manera. Esas cualidades son, posiblemente, la razón por la cual todavía existen personas que se autodenominan como segueros, una comunidad que pide una Dreamcast 2 o un nuevo Jet Set Radio, algunos sin siquiera haber jugado a los originales.

¿Se nace seguero? ¿Comparten material genético con Ulala?
Seguramente la ciencia actual o futura todavía no esté preparada para responder la segunda pregunta. Lástima. En una habitación mal ventilada, en la que todavía está presente el olor (hedor) a feromonas de adolescente, como es la que corresponde al ámbito de los videojuegos, las etiquetas son pobres y a menudo se reutilizan.

No tenemos por tanto muchas maneras de comunicar al resto de la comunidad lo-que-que-re-mos-de-cir, a menos que hablemos utilizando sus etiquetas. Muchos (jaja) de los que estáis leyendo esto (hola, Álex), sois en realidad segueros, aunque no lleguéis a admitirlo nunca.

Reflexionad si os apetece, me vuelvo a mis cómics. Qué maravilla Criminal, de Ed Brubaker, Sean Phillips y Val Staples. Eso es un guion bien hilado y no lo que os vende Sony.

Aunque esa es otra historia y la tocaremos otro día. ¿Verdad, Sam?