Rendezvous con Yu

Aún recuerdo como si fuera ayer cuando, esta mañana, recibí un mensaje que decía:

Tengo algo que estoy deseando compartir contigo, dai. Esta noche, a las 21h. Hotel Vela, habitación 715. Te espero, Yu.

El mensaje llegaba extrañamente sin ninguna información del remitente. Únicamente ese ‘Yu’ final, que no resolvía gran cosa. Estuve tentado de preguntar de quién se trataba, pero me pareció divertido el misterio. Estaba jodidamente aburrido y esto era, con diferencia, lo más excitante que me había pasado en mucho tiempo de anodina rutina. Así que únicamente respondí: “Allí estaré”.

Yu. Yu… Ni puta idea. Sonaba oriental, eso estaba claro. No es que fuera una pista demasiado determinante. Después de rebuscar un rato en mi polvorienta memoria, recordé a una camarera de rasgos asiáticos que me había servido un bocadillo en una cafetería hacía cosa de un par de semanas. Era bastante alta, aunque probablemente fuera solo una percepción provocada por su cuerpo delgado y fibroso. Tenía una melena larga, lisa y profundamente negra, de esas que te permiten adivinar que la chica es china sin buscar en su mirada. ¿Qué tiene el pelo de los asiáticos que los hace tan característicos?

Esta chica, aunque de origen decididamente oriental, tenía un acento perfectamente español. Sus erres y sus eles estaban en extremos opuestos de la muralla china. También tenía una sonrisa cautivadora y unos hoyuelos encantadores. Pero lo que más recordaba de ella eran sus tejanos de tiro bajo que dejaban desnudos varios centímetros de piel entre el acabar de su camiseta y el empezar del pantalón, mostrando al mundo una previa de su planísimo estómago, y por donde asomaban, furtivamente, unos cuantos vellos púbicos. Viví ese momento con bastante asquete, dada la proximidad de mi bocata a su bosque de bambú, pero en un contexto completamente diferente me estaba despertando otro tipo de sensaciones.

Recuerdo también cómo con su sonrisa me persuadió a hacerme la tarjeta de cliente de una cadena de panaderías a la que probablemente jamás volvería, lo que explicaría de dónde sacó mi nombre y número de teléfono. Sí. Debía ser ella. Te he pillado, Yu.

Bitch, keep your pubes outta my sandwitch

Con esta conclusión en mente, más fruto de un deseo que de ninguna evidencia tangible, me acicalé y preparé para una memorable cita de cariz kamasútrico. Descarté la botella de litro de S3 y vaporicé perfume de frasco elegante en las zonas clave de mi anatomía con precisión de cirujano, como el que va dejando trocitos de queso por el camino para guiar al ratón hasta la trampa. Me puse en camino.

Alrededor de las 20:30h llegué a la Barceloneta, y salí de aquel taxi que olía a cuadra. No quiero revelar aquí la ecuación, pero he desarrollado un método para calcular el punto de no retorno en el que compensa más bajarse del taxi y acabar el recorrido andando que seguir viendo ese taxímetro del demonio subir y subir hasta dejarte sin blanca. Si lo rebasas es mejor quedarse hasta el final, ya que si te bajas pasado ese punto exacto perderás casi toda tu pasta y aún así tendrás que caminar. Pero si consigues calcular con precisión el punto de no retorno y bajas en ese momento del taxi, encontrarás un equilibrio perfectamente digno entre el paseíto y tu economía. Sabe más el diablo por catalán que por diablo.

En el kilometrillo y medio que tuve que recorrer hasta el hotel, esquivé no menos de una decena de pakistaníes que me ofrecían latas calentorras de Estrella Damm (“servesaamigo?”). Prácticamente en la puerta, un pakistaní salvaje apareció de forma inesperada, ofreciéndome una lata de Sprite. ¡Sprite! Siendo nintendero, reconozco un perdedor cuando lo veo, y no pude menos que preguntarle sobre su estrategia comercial.

– Oséano asul, amigo – me respondió.

Le sonreí con una cierta ternura, y le recomendé que se pasara al 7Up: contiene más azúcar, que es clave para la fidelización del cliente, y a un menor precio. Agradeciendo el consejo, me dijo:

– Tu dios huele mierda, pero tú buena gente. No dise nada, pero tú mañana no vayas Plasa Catalunya.
– No jodas, ¿qué pasa? ¿Otro atentado?
– No, mañana cursa Corte Inglés, amigo. Mucha gente. No puede pasiar tranquilo.

Nos despedimos, no sin que antes me invitara a unas reuniones informales con sus amigos los domingos, donde echan partidas de Super Smash Bros y conversan sobre el tamaño de su dios.

Los taxis son los nuevos salones recreativos. Cuanto más alto sea tu Hi-Score, más monedas te has gastado.

Finalmente entré al vestíbulo del imponente y elegante hotel W. Lo hice con seguridad, para ir directamente a la habitación como si fuera un huésped más, sin tener que pasar por recepción a dar unas explicaciones que no tenía. Por un momento me sentí señorita de compañía… y no fue una sensación del todo agradable. Una mezcla de anticipación y nervios se iba apoderando de mí mientras el ascensor iba subiendo pisos. Según recorría el enmoquetado pasillo y la incógnita de qué se escondería tras la puerta 715 estaba próxima a resolverse, intentaba llenar mis pensamientos con la sonrisa de Yu y alejar la idea de un yakuza clavándome un puñal en el bazo.

715. Doy unos golpecitos en la puerta, con una cadencia decididamente sensual – quizás únicamente en mis oídos-, tras los que se escuchó una respuesta al otro lado.

– La puerta está abierta…

Una voz masculina hizo que se desvaneciera de forma instantánea todo mi rollito y me hizo arrepentirme de haberme puesto calzoncillos nuevos. Una habitación en penumbra y un hombre sentado en un sillón delante de una ventana, a contraluz. Me invitó a entrar y alargó su mano en forma de saludo. No parecía un ambiente hostil y decidí proceder. Según me acercaba, se me iban revelando más rasgos de su anatomía. Asiático, probablemente japonés. Sonrisa amable aunque ligeramente perturbadora. Cabello negro, repeinado. Podría ser… era… ¡No puede ser!

– ¡¡Señor Miyamoto!! ¡Dios mío, qué honor! ¡No me lo puedo creer!
– Eeeeh. No. Soy Yu Suzuki.
– ¿Eh? ¡Ah! Sí, sí, claro. Perdone, es que me he dejado las gafas en mi otra chaqueta.
– Va usted en manga corta.
– Eh, sí. Bueno. Es un placer conocerle, señor Yazuki.
– Suzuki. SU-ZU-KI. Ya sabe. Out Run. After Burner. Virtua Fighter. El puto Shenmue.
– Oh claro, claro. Por supuesto. El legendario Yu Suzuki. El puto Shenmue y eso. ¿A qué debo el honor? ¿En qué puedo servirle?
– Estoy en Barcelona por un tema personal – aquí ejercen los mejores cirujanos especialistas en hemorroides grotescas -, y tenía entendido que España es un territorio, digamos, con una cierta querencia nintendera. Quería dar una entrevista al mejor medio de videojuegos nacional para tender puentes y acercar a Sega al sitio que históricamente le corresponde. Reclamar un poco de nuestra antigua gloria, vaya. Me recomendaron gamerah y, concretamente, a usted.
– Oh, por supuesto. Déjeme asegurarle que en gamerah somos unos grandes seguidores de su trabajo y será un placer cubrirlo y darle toda la exposición que merece.

Maldito Alcalde, ya me la ha vuelto a jugar –pensé. ¿Y qué le pregunto yo a este tío? Suzuki, Suzuki… la verdad es que me suena, pero no tengo claro de si es por la marca de motos. A ver, recapitulemos… trabaja en Sega, eso está claro. El Out Run sí me suena, aquel juego cutrón de coches de cuando Iwata iba en pantalón corto… el After Burner el de aviones… pero, ¿qué coño es un puto Shenmue? Aaargg…

Por lo visto, el puto Shenmue es un simulador de cata de soda.

– Sentémonos.
– Eeh sí. Vale. Bien, señor Suzuki, empecemos repasando, si le parece, su dilatada trayectoria en.. eeeeh… S-Sega… donde ha sido pieza clave en… ¿el desarrollo?… de grandes juegos. Como, por ejemplo, el… “puto Shenmue”. Por favor, hábleme de cuál cree que ha sido la influencia del “puto Shenmue” en el panorama actual.
– Chico, todo el mundo conoce a Yu Suzuki, mi trayectoria y mis juegos. Vayamos directos al grano. Soy un hombre al que le gustan las cosas claras y el té macha, verde.
– Ya veo.
– ¿Cuál fue el último juego de Sega del que hablasteis en vuestra revista?
– Pues precisamente sacamos una estupenda reseña de Yakuza 0 no hace mucho.
– Estoy hablando de juegos. Eso es un culebrón sudaca.
– También hemos reeditado muy recientemente una reseña del clásico Sonic Riders.
– ¿Reeditado? ¿Qué sois, los Beatles? ¿La escribiste tú?
– Eeeh, no. Bueno, también hicimos un reportaje del reciente SegaFes, con un enviado especial para la ocasión.
– ¿Fuiste tú?
– Tampoco. Fue un experto en la materia. Mandamos a nuestro mejor hombre a cubrir un evento de tal categoría.
– Ya veo. Entonces tú, ¿a qué te dedicas? ¿Qué es lo último que escribiste en la revista?
– Bueno, un reportaje sobre Satoru Iwata.
– Iwata. Ya veo. ¿Y qué más?
– Pueees… un comentario sobre el Duck Hunt de la NES… algo sobre el Rhythm Tengoku de 3DS, otra cosa de Iwata…
– Entiendo. Prefieres escribir sobre un nintendero muerto antes que sobre Sega, que está viva y en la cresta de la ola.
– No es eso, es simplemente qu-
– Nintendero de mierda.
– ¿Perdón?
– Lo has oído.
– Oiga, tampoco hay que faltar…
– Mierda. De mieerrrrrda. Sega Hater. Hater de mierda, Nintendo de Sega hater. Mierda de Sega. De hater. Sega.
– …
– No te apures, chico. Te estoy tomando el pelo. Me caes bien.
– Gra-gracias.
– Nintendero de mierda y Sega Hater igualmente. Pero pareces buen chaval. Sabes, de hecho, me recuerdas un poco a mi hijo.
– Bueno, supongo que eso está bien.
– Está muerto.
– Oh vaya, ¿Lo siento?
– Gracias. Fue un desafortunado accidente.
– ¿Qué ocurrió?
– ¿Alguna vez has chupado un cartucho de Game Boy? Estaban ricos los cabrones. Los chupabas y sabían como a lima limón, pero a los pocos segundos te dejaban un regustillo ácido que te hacía desear volver a chupar para saborear un poco más de ese delicioso lima limón.
– Ah… no lo sabía.
– Pues mi hijo se comió 3 cartuchos de Game Boy: Dr. Mario, Pokémon no-se-qué y Choplifter II. Creemos que fue este último el que lo mató.
– Vaya, ciertamente desafortunado. Siempre es una tragedia perder a un hijo pequeño por cosas que se podían evitado.
– Tenía 29 años.
– Ah… En cualquier caso, espero que si yo le recuerdo a él esto le haya traído algún bonito recuerdo.
– No, no lo has entendido. Mi hijo era tonto del culo.
– Bueno, si me permite decirlo, no creo que insultar al entrevistador sea la mejor estrategia si lo que quiere es que el medio hable bien de sus juegos.
– Mira chico, mis juegos se venden solos porque son la polla y lo último que necesitan son cuatro pajeros como vosotros escribiendo chorradas pomposas y autorreferenciales que prácticamente no lee nadie.
– Touché.
– He de sincerarme contigo. Realmente no vengo a convencerte de que habléis de los juegos de Sega. Os he estado leyendo detenidamente. Vuestras reseñas son una mierda, casi no hablan del juego. Y lo poco que decís… ¡no tiene sentido! ¡No entendéis una mierda! Y ahora te estarás preguntando… entonces, ¿por qué esta entrevista?
– En realidad me estaba preguntando si podría llegar hasta la puerta y escapar antes de que le diera a usted tiempo a reaccionar.
– Exacto. Lo que quiero es que dejéis de escribir de Nintendo. ¡Ya basta! Basta de vuestras mierdas de Yamma, de Iwata, de convertirse en Nintendero… ¡Si hasta habéis estado usando esa mierda de Miitomo que no la usaba ni el atontao del Miyamoto!
– Entiendo su frustración, pero dese cuenta de que no sólo hay cosas de Nintendo en gamerah. De hecho, un amplio sector de…
– ¡Me da igual! No quiero volver a ver el nombre de esa putrefacta compañía mencionado de nuevo en vuestra web. ¡Jamás!
– Señor Suzuki, me permite preguntarle… ¿por qué tanto odio a Nintendo? Lo podría entender hace dos o tres décadas, en plena rivalidad 8 y 16 bits, pero esa época ya pasó. Sega y Nintendo son aliados comerciales ahora. ¡Si hasta hay juegos con Mario y Sonic juntos!
– ¿Que por qué odio a Nintendo? Ya te lo he explicado, ¡Nintendo mató a mi hijo!
– Bueno, como usted dijo, eso fue un desafortunado accidente.
– ¡Yo nunca he dicho eso! Esos hijos de puta de Nintendo… sólo se preocupaban del sabor… todo edulcorantes artificiales y nada de las propiedades nutricionales. En SEGA nos asegurábamos de que todos nuestros cartuchos fueran ricos en proteínas, oligoelementos y sin azúcares añadidos. Hasta fuimos pioneros en que tuvieran Omega-3. Te podías desayunar un cartucho de Game Gear y tener energía para todo el día.
– Vaya, pues esa energía le hubiera venido bien a la propia Game Gear.
– ¿Qué quieres decir?
– Bueno, las pilas duraban poco…
– Chaval, tienes tan poca idea de tecnología como de nutrición.
– Bueno, quizás le reconforte saber que para su consola Switch, Nintendo utiliza una resina especial que otorga un sabor repugnante a sus cartuchos, para evitar ingestas accidentales.
– ¿Y qué confort me ha de dar eso a mí? ¡Eso no me devolverá a mi hijo!
– No, pero quizás saber que esa tragedia no le ocurrirá al hijo de nadie más…
– Al hijo de ningún nintendero. ¿A quién le importa el hijo de un nintendero?
– Oiga, yo me considero nintendero.
– Ahí es a donde yo quería llegar.

Choplifter II: The Widow Maker

– Toma esto, Sega hater.

Yu Suzuki extendió su mano y me entregó un muñeco de peluche, blandito y peludo. Fijó sus ojos en mí y una espiral carmesí pareció recorrerlos durante una décima de segundo.

– Observa con atención tu mano derecha. Observa este muñeco blandito y peludo. Este Sonic de peluche te convierte en uno de los nuestros. Ahora y para siempre. Di: “Jódete, Dr. Eggman”.
– Hmmm… aaah… ¿eh?
– Es verdad, disculpa… occidentales de los hue… ejem… di: “Jódete, Dr. Robotnik”.
– ¿Jo-jódete, Dr. Robotnik?
– Eso es. Tú ya no pagas con monedas, lo haces con anillos. Tu World 1-1 ahora es Green Hill Zone. Ahora ya no pisas animales, ahora los rescatas. Si una guarrilla te entra en una disco, te la follas. Este último es de mi cosecha.
– Bueno, lo cierto es que suena bien. Pero, ¿qué pasa con la princesa?
– Que se joda. Ahora eres republicano.
– Son muchos cambios.
– Tranquilo, lo harás bien. Mientras tengas a mano tu peluche de Sonic, blandito y peludo.
– Ya. Es bonito. Está un poco sucio, por eso.
– Sí, puede ser. Se lo quité a un perro de camino hacia aquí. Estaba en época de celo y lo usaba de juguete.
– Ugh.
– Un Sonic empapado de babas y líquido pre seminal canino sigue siendo un Sonic.
– Sí, supongo que sí.
– Ahora que ya tienes claro el decálogo de SEGA, ve y difunde la palabra.
– La verdad es que no sé si me ha quedado del todo claro el decálogo. Y me ha dado cuatro directrices. Deca es diez.
– Sabes todo lo que debes saber. Honra a SEGA sobre todas las cosas, y lo demás viene solo. Ah, y un último consejo: si las cosas se ponen feas con algún nintendero, recuérdales que Master System vendió más que la NES en unos cuantos países de Europa. Eso les revienta.
– Ya veo. Bueno, haré lo que pueda.
– Lo harás bien. Ah, y otra cosa. Cada vez que menciones a Sega en la web, nos harás una transferencia de lo que has cobrado por escribir el artículo a una cuenta que ahora te daré.
– Bueno, es que no cobramos nada por escribir en gamerah.
– ¿Cómo? Si no hacéis más que aladear de la pasta que os pagan por artículo.
– Es todo una broma. No vemos un duro. De hecho, hasta tenemos que poner pasta de nuestro bolsillo para mantener el tinglado. Y tengo mis sospechas de que el CEO desvía parte de ese dinero para financiar asociaciones nacionalistas.
– ¿Pero qué tomadura de pelo es esta? En estas condiciones, ¿cómo lleváis desde 1991 editando revistas mensuales en los quioscos?
– Uy, creo que se está equivocando de medio… esos son Hobby Con…
– Basta. No quiero saber más. Tu país y costumbres me desconciertan y dan asco en proporciones similares. Ahora te mostraré algo y quiero que lo observes con atención.

El creativo japonés extendió su brazo y abrió su puño. Dentro había una figura de origami de lo que parecía haber sido un animal, un ave quizás, antes de que quedara completamente deformada tras estrujarla dentro de su mano.

Hay una fina línea entre el arte del Origami y un monigote de papel arrugado. Suzuki se caga en esa línea.

– Eeeh… ¿muy bonito?
– Dime, joven dai, ¿alguna vez le has hecho el amor a una criatura tan bella?
– ¿Me está preguntado si alguna vez me he follado un pato?
– ¡No es un pato! Es un cisne. Y no estoy hablando de sexo, estoy hablando de amor…
– Pero… ¿de forma literal? ¿Es una metáfora? ¿Un haiku o algo?
– Joder, no has entendido nada, ¿verdad? ¿Es que no sabes nada de japonés?
– Bueno, sé decir arigato gozaimasu.
– La última ‘u’ no se pronuncia.
– Entonces no sé nada de japonés.
– Ni yo sé nada de español.
– Entonces esta conversación…
– Exacto. Esta conversación no ha ocurrido jamás.
– No comprendo…

Yu Suzuki se levantó del flotador en el que estaba sentado y salió de la penumbra en la que se resguardaba, para acercarse lentamente a mí. Cuando su cara estaba a menos de medio metro de la mía, con sus ojos emitiendo un desconcertante resplandor carmesí que iluminaba la estancia, me dijo algo que hizo tambalear toda mi realidad y jamás podré olvidar.

Eeeeh… bueno, la cita exacta no la recuerdo. Pero era algo de comer cinco piezas de fruta al día. Y, aprovechando uno de mis parpadeos, desapareció.

Comencé a sentir un sudor frío resbalando por mi cara. Miré por la ventana, donde una esfera de luz blanca empezaba a conquistar la noche, haciéndose grande y amenazando con apoderarse de todo el exterior. La habitación seguía en casi total oscuridad y las paredes parecían ir acercándose unas a otras, atrapándome en un claustrofóbico nicho. La luz blanca empezó a entrar por la ventana cuando ya podía tocar todas las paredes con los brazos extendidos. Cuando el estuco veneciano rascaba mi espalda y la luz inundaba la estancia, cerré los ojos y me preparé a dar mi último grito. Pero antes de emitir la primera vocal (porque la ‘h’ de ‘hijos de puta’ es muda), abrí los ojos para encontrarme en mi habitación, en total calma y tranquilidad.

¿Había ocurrido realmente todo aquello? ¿Había conocido a Yu Suzuki? ¿O había sido todo un sueño? ¿Qué clase de persona tiene un sueño así? ¿Por qué no puedo soñar con follarme a Jennifer Lawrence como la gente normal? Intenté controlar la respiración para recuperar el aliento y cerré con fuerza los puños para aliviar la tensión, cuando noté que mi mano derecha agarraba algo blandito y peludo.

Era mi polla. Recordé que la noche anterior me había quedado dormido a media paja después de tomarme un par de trankimazines. Terminé la faena, porque en el colegio me enseñaron que siempre se debe acabar lo que se empieza, y me volví a dormir. No recuerdo si soñé algo placentero después, pero sí recuerdo la sensación al despertarme la mañana siguiente. Desayuné una pieza de fruta mientras pujaba, en eBay, por un cartucho de Choplifter II de Game Boy.

Evil Suzuki recomienda una alimentación variada y una dieta saludable.

Si he decidido compartir con vosotros esta experiencia, amigos lectores de gamerah, es por las dos conclusiones que he podido extraer (y por los 1500 euros que nos pagan por artículo) y que espero os puedan servir en vuestro absurdo deambular por esta misteriosa existencia: una, no os atiborréis de jalapeños rellenos para cenar que luego tendréis unos sueños muy inquietantes; y dos, dejad de pasaros el día jugando a la cónsola y buscaos una chavala que os quiera, aunque sea gorda, porque vivir solo es una cosa muy chunga.

Your friendly neighborhood videogame reviewer.

5 comentarios

  1. Ay qué grasia papasito. Seguimos en forma!

  2. Motherofgod.iso

  3. Falta otra noche de jalapeños, para la experiencia extra corporal o intra o como sea ojala con evil iwata

  4. Reseña de Choplifter 2 plz Dai.

  5. Demasiado extenso y autorreferencial como apra resultar legible.

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