PES 2018: Video Killed The Radio Star

A mediados de los 80 yo era un niño obsesionado con el fútbol. Pasaba las tardes en la plaza del barrio pateando balones, palomas, mochilas y cualquier cosa que tuviera la mala suerte de ponerse delante de mi con desenfrenado entusiasmo. Nacido y criado a 5 minutos del Camp Nou y con un salón recreativo en el portal de al lado, recuerdo mi más tierna infancia siempre rodeado de balones, futbolines, camisetas y banderines.

El juguete favorito durante los primeros años de mi vida fué la portería de los Airgam Boys futbolistas, una bola de corcho y He-Man de portero. Pasaba horas marcando goles con el dedo, construyendo barreras de cartón para tirar faltas o calcando las portadas de los cómics de Eric Castel para vestirle con las camisetas de media Europa. El primer recuerdo televisivo que tengo es la final del mundial del 86 y los jugadores de mi futbolín de Rima habían sido repintados tantas veces con mis equipajes favoritos que aquello parecía un Amigos de Cassano vs Amigos de Ronaldo.

Así era yo, un frikazo de 7 años cuyo mejor amigo era un balón Mikasa. Y era feliz. Feliz y puro. Inocente e incorruptible. El fútbol era para mi todo lo que puede suponer la felicidad para un niño: diversión y fantasía.

Dábase la circunstancia de que 3 pisos más arriba, en mi mismo bloque, vivía mi némesis y archienemigo: Juancarlitos. Nuestros padres habían ido juntos al colegio y por azares de la vida terminaron compartiendo finca, lo cual convertía mis domingos por la tarde en una suerte de castigo que consistía en encerrarme en la habitación de Juancarlitos mientras los mayores tomaban el café.

Juancarlitos pasaba del futbol y vivía obsesionado con los muñequitos de La Guerra de las Galaxias. Me obligaba a participar en luchas a muerte entre figuras de plástico en las cuales siempre debía haber un perdedor final sobre el que debía caer el escarnio y la deshonra. Era tan imbécil que ni siquiera se daba cuenta de que mi interés acababa siempre por centrarse en su hermana y en las tetas de plástico de las Barbies a las que ella les cambiaba la ropita.

Sea como fuere, su muñeco, nave, bicho espacial raro o cualquier mierda de las que salen en la película siempre acababa por ganar el combate, lo que suponía el preludio de su desfile triunfal por todo el piso, que tenía por único objetivo cachondearse del vencido. Es decir, de mí.

A día de hoy creo sinceramente que Juancarlitos es la razón por la que no me gusta el café.

La cuestión es que cuando a su familila le tocaba bajar a mi casa yo me negaba sistemáticamente a jugar con mis juguetes favoritos. Aunque mi madre me animaba a bajar la portería del estante, o a jugar con él al futbolín, yo prefería sacar los libros para colorear o los puzzles, y me maldecía por no tener el valor de pedirle a mi madre una Barbie para poder jugar con la hermana de mi vecino y verle las tetas.

La razón era simple. Ese tipejo superditaba toda la diversión del juego a la victoria final y a la humillación del rival. Y yo no iba a consentir en mi propia casa que profanara lo que más amaba en el mundo.

Pasaron los meses, y al poco se produjo el hecho que cambiaría mi vida para siempre. En el portal de al lado, entre los futbolines, los billares y las máquinas del millón, apareció un armatoste semejante a una nevera de madera, con una tele en medio y con más botones que una máquina de tabaco. Yo había visto algunas máquinas tragaperras en el bar donde mi abuelo se echaba el solysombra, pero aquello no era lo mismo.

Sí sí, es una máquina recreativa”, nos contó Crespo al grupo de eruditos reunidos en el patio de la escuela al día siguiente. Presumía de haber jugado a una en su pueblo el verano pasado, aunque a decir verdad también presumía de haberle visto las tetas a la hermana de Juancarlitos. ¡Maldito hijodeputa!

Durante los siguientes meses pasábamos las tardes a caballo entre la plaza y la puerta de los recreativos, estudiando al bicho desde la lejanía, intentando captar el significado del intrincado código de colores que se repetía en su pantalla cada vez que los batientes de la puerta de doble hoja nos permitían ver el interior. Debo decir que a día de hoy no tengo ni idea de qué videojuego reproducía. Nuestros padres no nos dejaban entrar en semejante antro y el vigilante, vecino del barrio de toda la vida, estaba más que advertido de la prohibición que recaía sobre nuestros pellejos.

Tal era mi obsesión que, cuando al enero siguiente los Reyes Magos decidieron dejar un Amstrad CPC 464 bajo el calcetín de Juancarlitos, reconocí por fin en el rostro de mi vecino al que iba a ser mi mejor amigo para siempre. Juancarlitos y yo (y su Amstrad) unidos para siempre por una sincera amistad.

Yo y Juancarlitos… y su Amstrad.

A partir de aquel momento mi predisposición a visitar a mi vecinito cambió radicalmente. Recuerdo aquellas primeras semanas como condenas esperando el ansiado domingo por la tarde. Apenas 36 peldaños me separaban de un colorido mundo de fantasía donde todos mis sueños de niño podían hacerse realidad. La ansiedad me dominaba por completo.

Así era el hype en los 80.

¡Qué bien lo pasamos! No recuerdo tal grado de fascinación en ninguna otra etapa de mi vida pasada o venidera. Marcianitos, colorines, caballeros con espadas, colorines, máquinas de pinball, colorines, cochecitos, colorines … y por fin… el FÚTBOL. Y los colorines claro.

¡Y qué fútbol!

Los azares de la vida me llevaron a toparme con el Match Day II de John Ritman a la tierna edad de 9 añitos. Y como a cualquier chiquillo con una mínima inquietud por el deporte rey le hubiera sucedido al ver aquello en movimiento, me estalló la puta cabeza. Dos equipos, dos colores, un balón y el mejor sistema de físicas implementado en un videojuego deportivo de los 80 y mitad de los 90.

Aquella maravilla jugable me infundió más amor por el fútbol que todos los goles que había marcado en el patio desde que pisé una guarderia, y consiguió de una manera cuasi mágica que respetara el juego como pocas cosas he respetado en mi vida. Si me pasé los siguientes 20 años trabajando mi técnica con el balón y desarrollando unas más que notables aptitudes para jugar al fútbol no fue ni por ver a Maradona, ni a la Holanda del 88 ni a cualquier otra estrella o equipo del momento. Ni siquiera fue por respirar ambiente futbolero 24×7 en el barrio.

Fue solamente por un videojuego. Una combinación de unos y ceros que me inoculó un veneno que llevaré en sangre de por vida.

Por suerte o por desgracia, mi idilio con el fútbol provocó la pronta ruptura con el recién descubierto hobby. O lo que es lo mismo, en cuanto tuve un poco de dominio del tema Juancarlitos se cansó de perder y se acabó el MatchDay II. Y debo decir que, aunque me costó mucho aceptarlo en su momento, fue la mejor decisión que se podía haber tomado al respecto. Lo que aquel niño soltaba por la boca cada vez que le metía un gol no era ni medio normal.

Con el tiempo dejé de subir a casa de Juancarlitos. Mis padres decidieron que estaban hartos de mediar entre los dos cada domingo y me permitieron quedarme en casa, con lo que perdí toda posibilidad de seguir jugando a videojuegos.

Aquello fue duro, jodidamente duro. Pasaba las horas vagando por casa en calzoncillos con la mirada perdida. Recuerdo que pasé semanas alimentándome a base de culos de tetrabrik y me negaba sistemáticamente a afeitarme los tres pelos que tenía en el bigotillo. Era un despojo humano y ni los dibujos, ni los cómics, ni siquiera el revoloteo de mis hormonas, lograban saciar el vacío que sentía en mi interior. A esa temprana edad fui quemando por vez primera, y una a una, las cinco etapas del duelo como nunca mas lo he hecho. Hasta que poco a poco logré salir a flote. Tenía que revertir aquella situación de mierda.

Dispuesto a que la adversidad no terminara por arrasar mi frágil ecosistema me armé de valor e hice todo lo que un niño de los 80 podía hacer para solucionar un tema tan grave: La Primera Comunión.

Así es amigos, tras meses de asistir a catequesis después de clase tuve la gran suerte de recibir el mismo dia a Jesucristo sacramentado en la Eucaristía, y a mi propio Amstrad CPC 464.

“¡Disfrútalo, hijo!”, me dijo…

¡Qué pasada! Podéis imaginarlo; al frikazo le dieron la maquinita.

Imposible enumerar la de torneos y torneos ficticios que jugué con esos dos únicos equipos vestidos de blanco y negro. Días enteros repitiendo en bucle una rutina que consistía en sustituir los 8 nombres de equipo que venían de serie por otros cuantos de la competición que más me hiciera tilín en ese momento.

Ligas, copas, competiciones europeas, supercopas, mundiales, Teresas Herreras… todo pulcramente anotadito en la libreta que a dia de hoy es almanaque de mi preadolescencia. Empezaba mi idilio con el fútbol virtual y terminaba por siempre jamás con el malnacido de Juancarlitos.

A partir de ese momento mi vida transcurrió como la podéis imaginar. O casi. Seguro que las variantes son muy pocas si las comparáis con vuestro amigo frikazo de los videojuegos de fútbol. SuperNES y el final de la EGB con su viaje de fin de curso, con los últimos veranos inocentes y su Super Soccer, su Striker y su Sensible Soccer. PlayStation y el inicio del instituto, con su despertar sexual, sus cigarritos y sus primeros ISSPro. PlayStation2 y el primer curro. Pasta gansa, cero responsabilidades y la saga PES bien asentadita. Xbox360 y el sueño americano. Encontrando el amor, el coche, la hipoteca y la revolución que para todos supuso el FIFA. PS4, las primeras canas, l@s niñ@s, las decenas de películas sin terminar porque te has quedado dormido y…

Aquí es donde viene el meollo de la cuestión.

¿Y qué?

Si comprendéis la lista de arriba, y en este punto quiero pensar que los que habéis llegado hasta aquí sabéis de lo que estamos hablando, os daréis cuenta de que mi vida, al igual que la de muchos, se ha ido desarrollando de una manera normal sin dejar nunca los videojuegos de fútbol a un lado.

Sigo disfrutando de ellos como cuando era un chaval, y si lo hago es porque sigue habiendo títulos excelentes. Podéis estar de acuerdo o no, pero la realidad es que una vez desprovistos de todas las ayudas de manejo, una vez ignorados los modos de juego ideados para enganchar futuros ludópatas, y una vez ajustados con las herramientas que incorporan y que los programadores no pueden usar para convertir sus productos en algo lo mas cercano a la simulación por el miedo a perder ventas, tenemos grandes simuladores de fútbol.

Hay uno que supera por mucho al otro en cuanto el balón echa a rodar, y eso es innegable. Pero creedme cuando os digo que no es el objetivo de este texto sacarlo a la luz, por mucho que al final me decante por él.

¿Y cuál es el objetivo?

Reflexionar. Ser conscientes de que hubo un momento en que todo se jodió. Reivindicar el juego offline como punto cero de una jugabilidad, que debería ser lo más importante cuando hablamos de videojuegos.

Cumplimos aproximadamente una década del asentamiento del juego online en videoconsolas, y la realidad es que el porcentaje de juegos que escapan de las cuatro mecánicas jugables sencillas que contentan a la masa es muy bajo. Observamos cómo, año tras año, las compañías desisten de innovar aferrándose a fórmulas ultraconservadoras amparados en unas ventas que lejos de menguar siguen legitimando el modelo hasta límites realmente peligrosos si pensamos un poco en por qué nos metimos en esto de las maquinitas.

Se supone que esto iba de divertirse. De afrontar retos. Verse superado por una curva de aprendizaje hasta dominarla y agarrarla por los huevos a grito de ¡te he vencido! Y disfrutar del camino, sobre todo disfrutar del camino.

Lo que tenemos hoy en día es desolador. En algún momento el online, ese sueño inalcanzable cuando éramos pequeños, se ha afianzado y ha terminado por prostituirse por culpa de la estupidez humana, como tantos otros sueños de niño.

Entrar en el online de cualquier juego a pecho descubierto suele ser una experiencia descorazonadora. Por un lado vemos aprovechamiento de bugs y abuso del juego ayudado. Por el otro una importancia desmedida de los rankings y un nulo interés en moderar entornos respetuosos.
Millones de Juancarlitos dispuestos a joderte la tarde con la connivencia de unas compañías que los jalean para ser más ganadores, más fuertes y más maleducados.

Es por eso que vivimos tiempos en los que afortunadamente el online cooperativo está en auge. Sumarle un offline bien diseñado y ajustado al sentimiento de comunidad que te ofrece jugar con tus amigos parece ser la fórmula propicia para disfrutar de una experiencia mas honesta con el jugador, que puede interactuar con el juego acompañado,  pero sin el estrés de la competitividad salvaje que exigen las partidas rankeadas convencionales.

Las sagas deportivas, entornos competitivos por excelencia, son el caldo de cultivo perfecto para este online destructivo con el disfrute del videojuego como tal. Y las de fútbol, por ser el deporte rey, son las peores. Y es una pena.

Es una pena que para darle a un juego que intenta simular carreras de coches como Project CARS tengas que buscar un grupito de amigos para que aquello no parezca una carrera de cuádrigas. O que los juegos de la NBA de 2K, auténticos prodigios jugables y estéticos, terminen resultando un coñazo cuando los juegas online. O que la nula predisposición que Konami ha mostrado durante años en montar un online decente haya sido la razón por la que PES goza hoy en día de una salud envidiable como simulador de futbol en cuanto el balón empieza a rodar.

Porque esta reseña va de eso. Va de que tras muchos años dándole a lo mismo he decidido cambiar. De hecho cambié el año pasado, pero ni me parecía justo escribir esto desde el entusiasmo inicial, ni Cubitorah nos dejaba salir de su culo. Así que ahora, desde una posición mucho mas reposada en cuanto a puntos de vista, os voy a explicar el porqué.

Actualmente soy jugador de PES. Tras años con FIFA me he dado cuenta de que ya no quiero jugar un online competitivo que escape a mi control. Tampoco me gusta su offline. El viejo dicho de que el fútbol es como una manta, que te descubre los pies cuando tapas tu cabeza y viceversa, ilustra perfectamente lo que le ha ocurrido a EA por centrarse en modos diseñados para ultrachetar muñecos y vender cromitos a niños rata. Que ellos lo disfruten con sus montañas de pasta, pero yo me bajo.

En el lado de los japos he encontrado un juego que, con sus defectos y sus virtudes, va a la suya y no se casa con nadie. Un juego que sigue manteniendo las virtudes que hicieron que me enamorase del fútbol hace ya casi 30 años. Súmale una puesta en escena técnica bastante acorde con los tiempos que corren y la posibilidad de jugar en cooperativo con mis hipotecados amigos canosos, y la respuesta por mi parte es clara.

Soy plenamente consciente de que la brecha generacional ha diversificado tantísimo esto de los videojuegos que yo, con mi hipoteca y con mis canas, no hago más que nadar a contracorriente en un mundillo que poco a poco me va resultando cada vez mas desconocido. Convivo en entornos online con chavales que empezaron con este hobby cuando todo lo que me fascinó a los 9 años ya era simplemente una parte más en vez de representarlo TODO. La fascinación que sentí yo con las físicas de Match Day II la sienten ellos abriendo cromos, desbloqueando celebraciones o consultando pujas en el autobús, camino de la escuela y desde una app en el móvil. Pero desde la arrogancia que me otorgan los años no puedo evitar más que compadecerles, pensando que no es más rico quien más tiene, sino quien menos añora.

Llevo un año metido de lleno en la comunidad de PES y me resulta relevante su media de edad, plagada de niños crecidos en los 80 y en los primeros 90. Gente que como yo se acomoda cada noche en la butaca una vez acostados los niños, buscando el simple placer de disfrutar del fútbol, de sus físicas, de su aleatoriedad y de su desnudez.

Porque el término es ese. Desnudez.

Si algo ha hecho Konami (y estoy seguro de que no responde a ningún criterio comercial) ha sido aceptar la derrota y construir su camino sin ningún ánimo de revancha.

Nunca sabremos si es de forma deliberada o si los recursos no dan para más, pero la saga PES se sigue sosteniendo a día de hoy sobre los dos mismos pilares que la auparon hace ya más de 15 años. Su jugabilidad y su editor.

Gracias a dios los tiempos han cambiado y ahora puedes actualizar todos los nombres y equipajes para dejarlo licenciado si estas dispuesto a perder una hora de tu vida. Pero lo verdaderamente relevante para los que hemos conocido los cromos que se pegaban con cola y las camisetas sin nombre encima del número, es la posibilidad de cargar cualquier equipo de cualquier época que se le haya ocurrido recrear a la comunidad. Y la comunidad es muy grande. En todos los sentidos.

Es tal la potencia de su editor que uno se sorprende de repente navegando entre la base de datos del último option file de leyendas con el mismo entusiasmo con el que en su día pasaba las hojas del álbum de Panini.

Maldito Van Gaal… ¿que estaba viejo para el barça?

Son tantas las horas de entretenimiento que puede dar este PES que ahora nos toca vivir, que uno se entristece a veces pensando en ese perpetuo segundo puesto al que la saga ha quedado relegada en ventas y en opinión.

Sin embargo se olvida rápido cuando la bola empieza a rodar. La solidez que aporta el Fox Engine al desarrollo de un partido es exagerada. PES tiene menos estadios que FIFA, tiene menos variedad en cuanto a iluminaciones, tiene unos comentaristas que colocan a Los Manolos en un altar, tiene menos opciones fuera del terreno de juego, tiene menos licencias, tiene menos de todo. Pero cuando el balón empieza a rodar te das cuenta de que tiene más fútbol en un partido que el videojuego de EA en una temporada.

En PES puede pasar de todo con el balón. Literalmente. Cualquier acción responde de manera correcta a la trayectoria, a la posición del balón, a la del jugador y a la fuerza aplicada.

Para muestra un botón…

Es cierto que este año tiene más animaciones que en la edición anterior, y que eso lo ha equiparado en fluidez a FIFA. Pero sería injusto omitir que ya el año pasado sus físicas lo hacían mejor simulador de fútbol. Los controles manuales, sin ayudas, ofrecen la posibilidad de ejecutar todo lo que nuestra cabeza pueda imaginar y nuestras manos sean capaces de trasladar. Esta vez ya no hay excusa.Y todo esto lo debemos a la desidia con la que Konami ha tratado (y sigue tratando en cuanto a modos) a su apartado online.

No me cabe la menor duda de que este grado de brillantez solamente puede alcanzarse perfeccionando rutinas sobre un entorno controlado. Durante años el offline de PES ha ido evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy en día a base de pulir y perfeccionar una base que, como en tantos y tantos casos, salta por los aires cuando dos jugadores humanos se enfrentan con controles asistidos y con un ranking de por medio.

El offline del PES es simple y llanamente la representación más fidedigna hasta la fecha de un partido de fútbol, teniendo en cuenta el condicionante de tener que embutir 90 minutos en apenas 10 o 15 de juego. Y la suerte que tenemos es que la experiencia online con controles manuales se asemeja muchísimo a su padre.

Y ya está. Eso es todo.

Encontraréis mejores análisis, más exhaustivos y seguramente que contesten más preguntas a las que buscáis respuesta. Pero estoy seguro de que ninguno será más sincero que este.

Solo puedo mostrar agradecimiento con estos cabroncetes japoneses por haber conseguido que, 20 años después, siga cerrando el puño y hablándole a la tele cuando marco ese gol que me mantiene en el ajo. O que se me escape una sonrisa viendo la repetición de la rotura de cintura que le acaban de hacer a mi central.

Durante mucho tiempo creí que había perdido todo eso para siempre. Que lo había perdido y que nunca más iba a volver. Y que la culpa era mía.

Pero no es así. Jódete Juancarlitos.

Y hete aquí que al vislumbrar la primera luz una vez abandonado el ano de la bestia, encontraron al hermoso retoño abandonado en su cesta de mimbre.

7 comentarios

  1. De lo mejorcito que he leido últimamente sobre....videojuegos? O es realmente una reflexión generacional?

    Posiblemente la coetaneidad nos ponga en sintonia sensorial, pero apuesto a que nos llevamos uno o dos años y que el primo de Juancarlitos vivia debajo mia.

    Nos vemos en la comunidad!

  2. Joder, me acojona.

    No he tenido ese vecino, pero el resto... nos falta ir al baño a las mismas horas. Mismo comienzo con Match Day... evolución... mocosos.. y de repente 2017 y echando de menos un puto juego de fútbol.

    Me bajé hace dos años, con el FIFA que tocaba. Si ahora me vendes el PES así, lo probaré, es mi última esperanza.

    Mientras tanto he tratado de consolarme con el 2k de cada año y concluyo lo mismo, no soporto el online.

    Conclusión: me ha encantado el artículo. Mis dieses.

  3. :_)

  4. Enoooooorme texto. Felicidades!!!
    Concuerdo contigo en muchas cosas. Yo aún sigo jugando al Match Day 2 en emulador en mi 3DS y en el portátil. Mi hijo lo flipaba al verlo diciendo que cosa tan fea y lenta papá.... Hasta que lo probó y algo llego a entender...
    Yo hasta este año desde hace 3 estoy con FIFA, pero no juego Online y todos los años sigo echando de menos ese no se que del offline de los PES, de Psx y de PS2...
    Creo que este año podría volver a PES...
    Pd: Mi último PES fue en PS3 y en mi opinión file metí los equipos del Match Day 2, jejeje Ritman Utd, Soccerama, Bombay Mix, Kevs Cosmos...

  5. yo solo puedo hacer que recomendároslo si lo queréis para el offline o para jugar con amigos. Y jugado con controles manuales.
    para lo demás.... pues ya es cuestión de gustos, pero imagino que las sensaciones furstrantes con las que me he ido a dormir mil veces siendo jugador de FIFA volverán a la que te metas en modo temporadas con un mínimo de ambición

    me encanta que os haya gustado la reseña :)

  6. Menuda maravilla de texto, me he sentido identificado en gran parte del mismo, creo que somos de la misma generación y llevo toda la vida jugando a juegos de fútbol, aunque mi droja empezó algo mas tarde con los penaltis del World Soccer y el Super Kick Off de la Mastern System, me gusto mucho el alzamiento del fifa en 360 y las modalidades online dejando atrás al pro que reino durante dos generaciones pero siento que me están sacando a patadas en cada nueva entrega y voy perdiendo cada vez mas el interés, tendré que darle un tiento a este Pro aunque siempre podre enchufar mi super nes para jugar a sensible o la estupenda versión de 360.

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